jueves, 4 de diciembre de 2014

LOS GRANDES PROBLEMAS NOS CONCIERNEN*

Barata[3]Por: Jorge Gómez Barata

La crisis de estado que afecta prácticamente a todas las instituciones mexicanas no es un fenómeno reciente ni exclusivamente interno, sino que está asociado a influencias provenientes de otros países, en los cuales existen situaciones análogas. Entre otros se trata de Honduras, Guatemala, Belice, El Salvador y Estados Unidos, cuyos gobernantes no pueden mirar para otro lado.

Ningún país del mundo afronta un entramado delictivo tan vasto y difícil de enfrentar como el formado por el narcotráfico, la emigración ilegal, el tráfico de personas, y el contrabando de armas y dinero, asociado al crimen organizado; la violencia y la corrupción que con origen en su propio territorio y ramificaciones que llegan desde Centro y Sur afecta a México, cuyas dilatadas fronteras con Estados Unidos en lugar de una ventaja, han sido un handicap.

Tal vez ninguno de esos problemas sea tan evidente y difícil de afrontar como la emigración ilegal que se manifiesta todos los días, y ha convertido a México en un corredor por el que, en una riada interminable, transitan miles de personas de varios países que tratan de llegar a los Estados Unidos por tierra, e ingresar de modo ilegal.

De alguna manera los países centroamericanos fronterizos y próximos a México también se han convertido en zona de paso, y a su propia emisión de emigrantes se suman los llegados desde otras tierras, que cada vez en número y frecuencia mayor, escogen rutas que pasando por Honduras, Guatemala, Belice y El Salvador penetran ilegalmente en México.

Desde los puntos de origen, a lo largo de no menos de 1.500 kilómetros por la ruta más corta y 3.000 por la más larga, los emigrantes que ingresan de modo irregular transitan clandestinamente por territorio mexicano, e ingresan en el estadounidense. En ese Vía Crucis son asistidos por bandas extremadamente violentas y criminales, que lo mismo trafican con personas, drogas, armas y dinero, que práctican secuestros, violaciones y crímenes, incluso masivos.

Para realizar sus nefastas gestiones y obtener lucros considerables, las organizaciones criminales que operan en territorio mexicano se han organizado en carteles, pandillas y mafias, algunas extraordinariamente solventes y poderosas, que coordinados entre si, corrompiendo, sobornando e incluso intimidando a autoridades locales y federales, civiles, policíacas, judiciales y de otras instituciones, han debilitado al Estado Mexicano, que se ha vuelto incapaz, no sólo de luchar contra la organizaciones delictivas, sino de lidiar con sus propias dependencias.

Aunque el flujo, que como un drenaje invade y transita por México, forma una masa de personas de diferente origen nacional y condición social, en la cual predominan los pobres, incluidos mujeres, adolescentes y niños; también se infiltran delincuentes, criminales, prófugos, e incluso elementos de clase media que, habiendo fracasado en los intentos por obtener visa para entrar a los Estados Unidos, intentan hacerlo desde México.

Adicionalmente cierto número ingresa a territorio mexicano por vía marítima, asequible tanto por el Atlántico como por el Golfo de México, incluso por vía área. Algunos lo hacen con documentos falsificados, obtenidos en organizaciones criminales en el extranjero, incluso en dependencias mexicanas.

Se conoce que, a cambio de asistencia y “protección”, tanto en los países de origen en Centroamérica como durante el tránsito por México, muchas de estas personas pagan importantes sumas de dinero, y otras son utilizadas como “mulas” para el transporte de drogas. El cuadro peor se presenta con aquellas de origen mexicano o de otros países que, carentes de recursos, se lanzan por su cuenta a la aventura y en lugar de ser “protegidos” por las mafias que operan el negocio, son perseguidos por ellas.

Muchos terminan su viaje en México, estafados, violados, abusados o muertos y enterrados en algunas de las muchas tumbas clandestinas y fosas comunes abundantes en la ruta a Norteamerica.

Obviamente para México no existe la opción represiva, las deportaciones masivas, la militarización de las fronteras, ni la construcción de muros, y tampoco es su deber detener la emigración centroamericana para proteger las fronteras de Estados Unidos, aunque obviamente lo es cuidar de su población e impedir la actividad del crimen organizado que erosiona a sus instituciones.

Es evidente que, tanto para México como para los países centroamericanos y otras naciones, sobre todo Estados Unidos, no queda otra opción que la concertación y la colaboración, aspecto en el cual se hace realmente poco.

Sin embargo, nunca hubo una coyuntura mejor que la actual, no sólo por el ambiente de colaboración, solidaridad y avenencia política imperante en América Latina, sino por la existencia de estructuras, que como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Alianza de los Pueblos Bolivariana de los Pueblos de América (ALBA), y la propia OEA, ofrecen los espacios necesarios para concertar acciones eficaces.

El hecho de que dentro de unos días tenga lugar la Cumbre Iberoamericana, a la cual asistirán un crecido número de mandatarios y con certeza todos los Centroamérica, facilitarían las gestiones para, con efecto inmediato, dar pasos al respecto. Ojalá el gobierno mexicano se alumbre. Allá nos vemos.