lunes, 15 de diciembre de 2014

LA SAGRADA FAMILIA

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

Para motivarlos, cosa difícil cuando sospechan que se les hablará de política, pregunté a la clase sobre las relaciones entre el poder y la democracia. Luego de algunas opiniones interesantes una joven afirmó: “Son un matrimonio. Cuando armonizan construyen hogares felices y con frecuencia prósperos. Cuando riñen y tienen metas diferentes, dan lugar a familias disfuncionales, pueden llegar a la violencia, y con frecuencia se divorcian. El divorcio entre la democracia y el poder es una tragedia”.

En los regímenes preindustriales el poder se ejerció de modo directo, personal y con frecuencia violento. Los esclavistas, los emperadores romanos, los monarcas europeos, los señores feudales, los papas y los príncipes, no necesitaban  de los pueblos, excepto para que los sirvieran.

De la mano llegaron el progreso material, la revolución y la democracia llamada liberal. Liberal proviene de libertad, y se trató de una trascendental colección de preceptos a tenor de los cuales no sólo se organizaron los sistemas políticos modernos, sino que se enriqueció y ensanchó el pensamiento, que alcanzó cumbres nunca imaginadas.

La democracia visibilizó al pueblo, lo empoderó, y lo convirtió en  soberano, y con la entronización de la elección de los gobernantes mediante el sufragio universal y directo, creó entornos propicios para la participación popular decisoria. Si bien estos principios han sido muchas veces traicionados, eso no los hace menos relevantes. 

La democracia, que por su esencia necesita de la participación popular, no fue solo un hecho político, sino una nueva era, que removió las trabas que limitan la iniciativa económica, política, social y cultural, convirtiéndose en la condición básica para el progreso.

Las sociedades que han afirmado su credo en la democracia han progresado o están en vías de hacerlo, las que no lo han alcanzado están estancadas o retroceden. La diferencia del Oriente Medio con los pueblos de Europa, Asia, Oceanía, e incluso con algunos países africanos, no es la riqueza. La ausencia de democracia hace la diferencia. Sin la democracia, el esfuerzo civilizatorio, incluido el socialismo es deficiente.

Como mismo ocurre con la economía, el arte y todo lo demás, la democracia necesita de soportes materiales. La infraestructura de la democracia son las instituciones, principalmente los estados, las constituciones, las organizaciones de la sociedad civil, las leyes y los mecanismos que garantizan los derechos, y los que permiten ejercer el control social del poder. En Cuba tales elementos están poco desarrollados. 

Aunque con enormes limitaciones y carencias, acudiendo a unos y otros recursos de supervivencia, la economía cubana ha logrado solventar las necesidades básicas del pueblo, sostener políticas sociales avanzadas, y realizar hazañas que asombran al mundo, como son los avances médicos y educacionales, incluso, han podido prestar ayuda a otros países.

No obstante, por razones ignotas, las autoridades no propician el avance de las instituciones, y se conforman con un status desde todo punto de vista insatisfactorio. La constitución cubana no está a la altura, la estructura estatal que desconoce la separación de poderes es obviamente ineficaz, y la supeditación del estado al partido es una anomalía.

La sociedad o al menos algunos sectores que merecen ser escuchados, esperan porque se avance para equiparar unas estructuras con otras. No hay economía avanzada y próspera en un entorno político atrasado. Allá nos vemos.