sábado, 22 de noviembre de 2014

SOCIALISMO PRESIDENCIAL

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

Entre las novedades del proceso político latinoamericano figura el hecho de que algunos partidos, PT en Brasil, MAS en Bolivia, PSUV en Venezuela y otros catapultan a sus líderes al poder y luego se omiten. En Brasil no gobierna el PT sino Dilma, y en Bolivia lo hace Evo Morales y no el MAS. No ocurre así en México, donde la maquinaria del partido gobernante suele involucrarse en la gestión gubernamental, y tampoco en Cuba donde constitucionalmente el Estado se subordina al partido.

Los avances del movimiento popular por vía electoral, que pudo haber comenzado con el experimento de Salvador Allende y la Unidad Popular, además de alterar la monotonía de la partidocracia tradicional en América Latina, ha congeniado  el marxismo con los preceptos políticos y económicos liberales. Democracia, separación de poderes, elecciones, parlamentos, alternancia y oposición, incluso la cohabitación gubernamental son hoy compatibles con revolución, justicia social y definitivamente con socialismo.

A diferencia de lo ocurrido en la Unión Soviética y en los países de Europa Oriental donde los líderes eran funcionarios del partido, usualmente secretarios generales seleccionados por la maquinaria partidista, el liderazgo latinoamericano de la nueva izquierda es encabezado por presidentes electos por mayorías populares.

El cambio da lugar a una mutación en la doctrina socialista que atenúa los perfiles clasistas en beneficio de los enfoques nacionales. A las vez, soslaya la necesidad de contar con un partido dirigente, e interactúa con los parlamentos y poderes judiciales, incluso cuando estos le son hostiles.

Con frecuencia, al ser reelectos, algunos presidentes como Evo Morales logran resolver la cohabitación que los obligó a gobernar con parlamentos opositores, y alcanzan mayorías en los legislativos. Los amplios poderes que la tradición presidencial otorga a los gobernantes latinoamericanos favorece la necesaria dosis de autoritarismo requerida para imponer la justicia social, y aplicar medidas de beneficio popular.

En cualquier caso, con abundancia de matices, los movimientos populares latinoamericanos, además de introducir el protagonismo de los movimientos sociales, ha enriquecido y renovado el proceso político al obrar el milagro, que una vez se consideró imposible, de convertir las instituciones estatales derivadas del liberalismo en funcionales con las causas populares, incluso con el socialismo.

Es curioso que estas mutaciones no han surgido por la teoría que hasta no hace mucho estuvo vigente para la izquierda, y tampoco de la retórica liberal,  sino a pesar de ambas. La primera nunca creyó que mediante procesos electorales pudieran producirse fenómenos como la Revolución Bolivariana y los movimientos políticos en Bolivia, Ecuador, Brasil y otros países, y los segundos están perplejos ante el hecho de que herramientas creadas para sustentar el poder de las clases económicamente dominantes favorezcan a sus adversarios.

En cualquier caso se trata de procesos que enriquecen la cultura y la práctica política, introducen nuevas tácticas y expresiones de la lucha de masas, y renuevan estructuras estatales que aún no han agotado sus posibilidades.

La idea de que para introducir el socialismo es preciso liquidar la institucionalidad establecida no se ha confirmado, lo cual ofrece la posibilidad de avanzar de un modo menos traumático. En cualquier caso el debate está abierto. Quienes elijan la abstención están en su derecho. Allá nos vemos.