lunes, 10 de noviembre de 2014

SIMPLEMENTE ARAFAT

Barata[3]Por: Jorge Gómez Barata

Hizo bien en cambiarse el nombre. Nadie hubiera podido fijar el de Mohammed Abdel Rahman Abdel Raouf Arafat al-Qudwa al-Husseini. Pasó a la historia simplemente como: Arafat

Demonizado como terrorista y asociado a personas censurables y a acciones injustificables que no pudo controlar, no contaron con su beneplácito, o con las cuales, en realidad no tuvo que ver; Yaser Arafat, un luchador que usó medios legítimos, vivió como un apóstol y murió de modo abyecto, cuando agentes pagados por Israel lo mataron con veneno.

Acudir al veneno y a la traición para liquidar a un adversario con el cual se ha combatido es un acto cobarde. Además de letal el veneno es inmoral. Al usarlo contra un combatiente vertical, el gobierno israelí descendió a lo inmundo.

Como muchos militantes de los sesenta, enfebrecidos de radicalismo, me resultaba difícil comprender la paciente lucha de Yaser Arafat, su tendencia a dialogar, negociar, acudir a la mediación de Estados Unidos, promover ineficaces condenas en la ONU, procurar la solidaridad de organismos tercermundistas igualmente inoperantes, y apelar a la condena de la opinión pública que poco aporta.

Arafat asimiló humillaciones como la expulsión de los palestinos de Egipto, Jordania y Líbano, y asumió decisiones tan difíciles como asumir los acuerdos de Camp David, reconocer a Israel, saludar y negociar con algunos de sus líderes, y hasta compartir con ellos el Premio Nóbel.

En la década de los noventa, enfermo, aislado y con el tiempo en contra, se aferró a la oportunidad que representó la presencia de una administración realista en Israel y de Bill Clinton en la presidencia de los Estados Unidos y, asimilando los enormes costos políticos que ello significaba, emprendió el difícil camino de la negociación que en 1993 condujo a los acuerdos de Oslo, y dieron a Palestina la posibilidad, aunque con soberanía limitada, de disponer por primera vez en miles de años de un gobierno propio.

Así nació la Autoridad Nacional Palestina (ANP), no un destino sino parte del camino hacía la proclamación de un Estado que no ha podido ser consolidado, entre otras cosas por la llegada al poder en Israel de fuerzas ultrareaccionarias, la debilidad de la administración norteamericana, y la aparición de insólitas divisiones en las filas palestinas, donde se han enquistado una opción islámica radical que no hace bien a la causa.

Cuando faltó Arafat, se descubrió el vacío que había llenado un combatiente capaz de forjar la unidad, apartarse de las tentaciones sectarias y avanzar sin contaminar la causa de la liberación y la independencia nacional con actitudes confesionales que buscan en el oscurantismo y la fe, la lealtad, que únicamente puede derivarse de la conciencia ilustrada de quienes combaten por una causa justa. Después de Arafat el caos y la desunión se apoderó de las filas palestinas.

Junto a su comportamiento heroico y ejemplar consagración, Arafat impregnó la lucha palestina del laicismo que caracterizó a los grandes líderes nacionalistas del Oriente Medio, que como Nasser, Bourguiba, y Zenghor avanzaron sin contaminar la lucha popular con preceptos religiosos, que lejos de unir desunen a los pueblos.

Tuve la tentación de glosar la biografía de Yaser Arafat, pero como una vez decidió Che Guevara, otro gran revolucionario de su generación, me pareció que sería: “emborronar cuartillas”, cosa que en efecto, no vale la pena.

En vida Arafat emprendió una lucha que lo llevó a la confrontación con los más grandes poderes, entre ellos el sionismo internacional, conoció la traición y el abandono de los que creyó sus hermanos, y procuró alianzas difíciles sin hacer concesiones a la causa de su pueblo.

Puede que alguna vez se haya equivocado, pero lo excusa la necesidad y la limpieza conque vivió y luchó. Ya muerto, emerge como la figura respetada que merece ser, y como el más legítimo paradigma para su pueblo.

Sencillamente, sin calificativos. En el décimo aniversario de su caída, el mundo progresista recuerda a Yaser Arafat como el luchador que fue. No terminaré deseando que descanse en paz. Por la paz luchó y se sacrificó. Descanso nunca demandó. La lucha era su elemento. Allá nos vemos.