jueves, 13 de noviembre de 2014

MANIPULAR LA VERDAD ES MENTIR

BarataPor: Jorge Gómez Barata

No es en Iguala, sino en México donde se escamotean los hechos, se manipula información, se instalan falsos positivos y la investigación se desvía hacia un ramal ciego. No es un asunto local, es estatal. La afirmación de que los estudiantes fueron cremados en un basurero y de que no existen restos, probablemente sea falsa.

Hace años lei una estremecedora historia. Se trataba de la descripción técnica de cómo los nazis organizaron el exterminio de los judíos, tarea que, además de infame, resultó compleja. Adolf Eichmann la denominó: Solución Final. El macabro cometido requería de logística e infraestructura, especialmente para deshacerse de los cadáveres rápidamente y sin dejar rastros. Cremarlos fue la solución.

Los campos de exterminio con hornos crematorios comenzaron a funcionar en 1942. Entre los más eficientes estuvo el de Treblinka (I y II) que durante unos 15 meses funcionó en las inmediaciones de Varsovia, y procesó a más de medio millón de prisioneros. El problema se presentó cuando el arribo de condenados superó la capacidad de los hornos, y hubo que acudir a la incineración a cielo abierto.

En ese momento aparecieron dificultades con las cuales los nazis no habían contado. La anatomía humana compuesta por tejido muscular, huesos, dientes, grasas, vísceras, líquidos y algunos minerales, no es combustible, no arde como una tea, ni se quema como un papel. Cuando se aplica una llama de cientos de grados a un dedo, la mano no arde.

Para cremar un cadáver, (previamente eviscerado), en un horno moderno, dotado con una fuente de calor constante y uniformemente distribuida, se requiere entre una y dos horas a temperaturas constantes de entre 700 y 1.100 grados. Los hornos que utilizan diesel consumen unos 90 litros por cada cuerpo.

Los restos de la cremación de cadáveres no son “cenizas”, sino fragmentos y trozos de huesos, dientes, cráneos, que una vez enfriados se pulverizan en una máquina denominada “cremulator”, parecida a una centrífuga de alta velocidad. De ese proceso surge la ceniza formada por fosfatos de calcio, sodio, potasio y carbono. La cremación de un adulto de 70 kilos produce unos 6 kilogramos de ese residuo.

A cielo abierto, en una hoguera improvisada con prisa, en un basurero, por personas no entrenadas, y en condiciones de extrema precariedad, es imposible alcanzar las temperaturas necesarias para incinerar un cuerpo humano recién ultimado, y convertirlo en cenizas; mucho menos 43.

Un repulsivo personaje, encargado de la cremación en el campo de exterminio de Treblinka, contó que para realizar esta labor en exteriores era preciso seleccionar y ordenar los cadáveres, pues no todos los cuerpos queman igual. Los que habían muerto antes ardían mejor que los fallecidos recientes, los de personas gruesas mejor que los delgados, y las mujeres más fácil que los hombres. La leña y el carbón resultaban más eficientes que la gasolina.

Aunque alimentado por la grasa y el material orgánico, la combustión de los cuerpos era imperfecta, emitiendo gran cantidad de humo y un hedor que se percibía a kilómetros. Después de horas, cuando el fuego se apagaba, quedaban huesos, cráneos, esqueletos completos, y algunos cuerpos apenas siquiera se quemaban.

Un bombero me contó que aun en grandes incendios casi siempre se recuperan esqueletos o parte de la osamenta de los que perecían, y en un avión que al caer se incendia y donde se generan altísimas temperaturas, es posible recuperar restos humanos. Un trabajador de un crematorio me indicó un experimento.

Introduzca ─me dijo─ un hueso, la cabeza de un animal o un corte de carne que incluya huesos en un horno, ponga la temperatura al máximo y después de horas no habrá logrado que se conviertan en cenizas. Quien viva en el campo o en un lugar donde pueda realizar el experimento, pruebe a incinerar al aire libre el cadáver de algún animal y comprobará que apenas se chamusca. Cuando la hoguera se haya apagado, abra el vientre y ahí estarán las vísceras.

En el caso de Ayotzinapa existen otros elementos que deberían ser cuidadosamente controlados, entre ellos la preservación del escenario del crimen, en este caso el basurero de Cocula, y la cadena de custodia de los restos encontrados. No sería ocioso emprender la búsqueda aguas abajo en todo el recorrido del río donde, según se informó, fueron arrojadas bolsas con restos.

Aunque con diferentes posiciones respecto a la cremación de difuntos, todas las religiones coinciden en que el cuerpo humano sin vida es sagrado, y debe ser tratado con el mayor respeto. Todas condenan la profanación de cadáveres, incluso de sus cenizas. Los asesinos de los jóvenes también profanaron sus restos, y además de delitos incurrieron en pecados.

A propósito dónde están los forenses, los médicos legistas y los antropólogos forenses mexicanos. ¿Habrá que importarlos? Allá nos vemos.