lunes, 17 de noviembre de 2014

De todos y para todos

2014-11-01-11-59-18_Reproductor-de-Windows-Media-SmallPor: Rolando López del Amo

Hace ya cinco siglos, un grupo de hombres venidos de tierras lejanas, avanzaban por los campos de Cuba, ya poblada por otros hombres, sometiéndolos y estableciendo nuevos asentamientos, necesariamente mezclados, en los lugares que les parecieron mas satisfactorios por su topografía, vegetación y cercanía a las fuentes de agua potable, elemento indispensable para la vida humana.

La primera de esas villas que se fueron creando, Baracoa, se estableció en la zona más oriental, veinte años después del arribo a Cuba del navegante Cristóbal Colón. La séptima y última de este primer grupo fue San Cristóbal de La Habana, establecida dos años después, en el occidente del país, en zona aún no claramente precisada, hacia la desembocadura del río Mayabeque. Cinco años mas tarde, esa población se movió hacia el norte, cerca de otro río, el Casiguaguas o Almendares, hasta su final asentamiento junto al puerto que los españoles llamaron de Carenas porque servía de refugio y protección a sus buques.

Dicen que el acta fundacional de esta villa de San Cristóbal de La Habana ,fue firmada bajo una frondosa Ceiba, lugar que se recuerda hoy con un pequeño templo neoclásico, El Templete, junto al cual se yergue otra Ceiba, sucesora de aquella primigenia.

Le tocaría en suerte a esa ciudad, por su abrigado puerto, justo a la entrada del Golfo de México, privilegiada ubicación geográfica, convertirse en el centro de reunión de la flota de los buques españoles que traían las riquezas de las nuevas colonias hispanoamericanas

para, desde La Habana, emprender la travesía trasatlántica hasta la metrópolis. Igualmente ocurría con los buques que traían las mercaderías desde Europa hacia las colonias. Viajando juntas, las naves podían protegerse mejor de los ataques enemigos.

Esta circunstancia le permitiría a La Habana crecer, desarrollarse y convertirse en la capital de la colonia y ganarse los epítetos de Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales. Tanto era su valor que Inglaterra, después de tomarla por asalto y ocuparla, exigiera que por su devolución se le compensara con la entrega de todo el territorio de la Florida.

La ocupación inglesa dejó como saldo positivo el conocimiento de las ventajas de la libertad de comercio. Pero el orgullo lastimado por la temporal victoria inglesa se convirtió después en fuerza de sostén a la lucha por la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica, que recibieron un fuerte apoyo financiero de la alta sociedad habanera y la ayuda militar de los aguerridos batallones de pardos y morenos de la capital.

Ya con el comienzo del siglo XIX, las instituciones culturales de la capital formarían a la intelectualidad que pensaría en términos de nación independiente y a los hombres que serían próceres y padres de la patria nueva, que culminaría en la figura gigante cuyo pensamiento nacional y continental a 119 años de su muerte en combate por la libertad y la justicia para todos, sigue proporcionándonos la guía ideológica contemporánea para el bien común y el equilibrio del mundo.

Nuestra Habana de hoy es el fruto del trabajo, el esfuerzo y el pensamiento de millones de personas que la edificaron y le dieron vida y prestigio en estos 495 años. Es el fruto de muchas voluntades y la suma de innumerables sueños.

La ciudad es la obra en piedra y los ciudadanos que la habitan, tanto los que nacieron en ella, como los inmigrantes. Toca a los recién llegados imbuirse de las buenas tradiciones de la ciudad que los acoge, hacerlas suyas y defenderlas y mejorarlas como patrimonio común.

Restablecer el esplendor de La Habana y su tradicional amor por la mejor cultura, la educación, la limpieza, la solidaridad histórica con todas las causas justas al precio de la vida misma y su sentido de la alegría de vivir con sentimiento grande de humanidad, el respeto, en fin, por la historia gloriosa y la responsabilidad por un presente honorable y próspero, como base de un futuro superior es obligación de todos, en primer lugar de los dirigen la capital y el país y de cada uno de sus ciudadanos, no importa el lugar que ocupen, porque cada lugar es imprescindible y decisivo.

La ciudad es la obra de todos y para todos.