Cubano 1er. Plano: TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN Y EL PAPA FRANCISCO I

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miércoles, 27 de marzo de 2013

TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN Y EL PAPA FRANCISCO I

!cid_image002_jpg@01CE2A3E José Chencho Alas *

MONCADA

La pregunta se impone: ¿Es posible tener un jesuita franciscano –dos polos distantes, no opuestos- elegido Papa? Es posible; el milagro está a la vista. El argentino, Jorge Mario Bergoglio, Jesuita, es elegido Papa el pasado día miércoles 2 de marzo por el Colegio de Cardenales. El nombre que escoge debido a su estilo de vida y sus actitudes es Francisco, un nombre simbólico, una clara referencia a San Francisco de Asís quien renunció a las riquezas de su familia, se entregó en cuerpo y alma a los pobres y se enamoró del hermano lobo y del hermano sol. Él mismo explica el motivo de la elección de Francisco hablando con los periodistas el sábado 16: Porque quiere, dice, “una iglesia pobre, una iglesia dedicada a los pobres”. Lo narra así: Cuando obtuvo las tres terceras partes de los votos, el Cardenal Hummes, brasileño, que estaba a su lado, "Me abrazó. Me besó. Él me dijo, no te olvides de los pobres”, se recuerda Francisco. "Y así es como en mi corazón vino el nombre de Francisco de Asís.”

Los Jesuitas son una orden religiosa fundada el año 1540 por San Ignacio de Loyola, quien abandonó las armas para dedicarse a la educación de las élites de la sociedad, a la investigación intelectual y a la cultura. Sin embargo, este objetivo de la Orden tuvo un cambio drástico con el Concilio Vaticano II (1962-1965) y las conclusiones de la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano (1968), el evento más importante de la Iglesia del Continente en sus 500 años de existencia. Fue el Padre Pedro Arrupe, el papa negro como se le llama a los generales de la Compañía de Jesús, quien reorientó el año 1975 la misión de la orden mediante el decreto: “Nuestra Misión Hoy: El Servicio de la Fe y la Promoción de la Justicia.” El Padre Vinnie O'Keefe, amigo y asesor de Arrupe, dice “Arrupe fue un Segundo Ignacio de Loyola, un refundador de la Sociedad a la Luz del Vaticano II.” Este nuevo servicio coincidió con la nueva teología que inspiraba al Continente Latinoamericano, la Teología de la Liberación, lo que puso en tensión a muchos miembros de la Orden, unos a favor otros en contra.

La liberación tiene dos vertientes, depende de dónde se viva. No es lo mismo liberación para un teólogo alemán como Joseph Ratzinger quien aborda el tema desde la doctrina bíblica y teológica (abstracta) tal como se cultiva en el primer mundo o para el latinoamericano cuya perspectiva es tercermundista, desde los oprimidos, desde los pobres, los hambrientos y desnudos que necesitan liberarse de la esclavitud cultural, económica y política. Para el segundo, su aproximación teológica es histórica, concreta, tiene un presente. Su referencia fundamental es el Jesús histórico que convivía con publicanos y prostitutas y si era necesario hacía milagros para curar los enfermos o dar de comer a los hambrientos.

Creo que el Jesuita Jorge Mario Bergoglio fue uno de los que en esta encrucijada de su vida y de su trabajo pastoral se encontró como una de las víctimas de esta tensión. Por una parte, su superior le exigía dedicar su misión a la liberación de toda opresión e injusticia en un Continente plagado de inequidades, regido por dictaduras militares a su vez obedientes servidores de las oligarquías de la época y por otra parte, enfrentarse a la Roma de Ratizinger, Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, y del Papa Juan Pablo II, los dos opuestos a una teología desde la América Latina, restos del colonialismo europeo teológico, cultural, económico y político.

El Padre Bergoglio eligió servir a los pobres, dedicar sus energías a la liberación, pero sin mezclarse con las discusiones teológicas como seis de sus compañeros de Orden que fueron asesinados en El Salvador o suspendidos como profesores, tal es el caso del Padre John Sobrino. La Teología de la Liberación nos compromete como profetas, y allí estriba el problema, a tener que denunciar las estructuras de pecado y anunciar la justicia y la paz, tal como lo hizo Mons. Oscar Romero, quien fue asesinado en el altar el 24 de Marzo de 1980. Esto mismo explica el uso que hacía el Padre Bergoglio de lo que yo llamo la diplomacia silenciosa que era usada comúnmente en aquella época por las jerarquías católicas. Una visita al tirano, una cartita, un compromiso era el medio para resolver los problemas en lugar del mensaje profético que exige cambios.

* Director Ejecutivo Movimiento Mesoamericano de Paz

chencho.alas@gmail.com


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